
El Amaru (o Katari) es una de las figuras más poderosas y omnipresentes de la mitología incaica y preincaica, surcando principalmente los cielos de la Cordillera de los Andes.
Su forma es la de un ser híbrido y majestuoso, un verdadero dragón andino. Se le describe como una serpiente inmensa cuyo cuerpo es alargado y escamoso, pero posee alas de águila o cóndor que le permiten volar, y una cabeza parecida a la de una llama o un camélido, lo que denota su origen terrestre andino. A menudo se le añade una cola que termina en forma de pez, simbolizando su dominio sobre el agua.
El Amaru no tiene una maldición; es una deidad y un símbolo. En la mitología, representa el vínculo entre los tres mundos de la cosmovisión andina: la serpiente que se arrastra por el mundo interior (Uku Pacha), la llama que camina por el mundo terrestre (Kay Pacha), y el cóndor que vuela por el mundo superior o celestial (Hanan Pacha). Su acción más importante es la de ser un portador de vida y fertilidad.
Se cree que el Amaru es el responsable de llevar el agua desde el mundo inferior hasta las nubes, y por eso su aparición está siempre ligada a las lluvias y, crucialmente, al Arcoíris (K’uychi), que es visto como su estela o la manifestación de su poder.
Existe el mito de que el Amaru duerme en el fondo de las lagunas de las altas montañas, y que al despertar y elevarse hacia el cielo, provoca tormentas y lluvias torrenciales necesarias para irrigar los campos. Su imagen fue fundamental en el arte y la arquitectura incaica, siendo un símbolo de poder, sabiduría y renovación cíclica.
OJO: Mi abuelo me dice que cuando el arcoíris sale después de una lluvia muy fuerte, no es solo un arco de colores, sino el Amaru que está vigilando las montañas. Es como un dragón bueno, ¡pero si te acercas a su arcoíris seguro que te conviertes en piedra! Mejor verlo de lejos.